
Ojos redondos y dulces
que se pintan de luceros
con cada sonrisa nueva.
Un gesto de niña buena,
descuidado y desvalido
arreglándose el flequillo
de su desmayado pelo.
Unos labios mentirosos,
de sangre y de rosa rojos
como una flor malherida
dormida sobre la nieve.
Un cuello que busca besos
aunque no quiere encontrarlos,
los hombros algo caídos
de soportar ese peso
terrible de la memoria.
Su cuerpo, por descubrir,
sin querer deja en el aire
el calor tibio de mayo,
ese de las largas tardes
y la luz incandescente.
De los pies a la cabeza
una coqueta pereza
acuna sus movimientos
como una vieja niñera.
La mirada casi ausente,
despierta pero en un sueño.
Huele a fresas y a naranjas
empapadas de rocío.
Un antiguo escalofrío
venido desde otro tiempo
me atraviesa con mirarla.
Qué fácil sería amarla
si tuviera corazón
y yo no estuviera loco
aunque tenga una razón.
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