
Un capote de arena templa y para
la embestida de un mar embravecido,
hace poco que el día ha amanecido
y calienta el sol el agua clara.
La sonrisa que ilumina tu cara
me coge el corazón desprevenido,
apenas sin luchar, estoy rendido
desde el instante aquel que te mirara.
Llena de soledad está la playa,
la tuya, la mía y allá, mucho más lejos,
perdiéndose en el mar la de un velero.
En la orilla, mi dedo hace una raya,
huyen buscando el agua los cangrejos,
no me atrevo a decirte que te quiero.
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