Antes que cantara el gallo
te negué tres veces.
La primera
en el crespúsculo
cuando sólo brillaban
unos ojos que no eran los tuyos
y la brisa del mar
acariciaba el dolor de mi memoria.
La segunda
al tiempo que en la torre
las campanas
daban doce besos
tornando cenicientas en princesas
y príncipes en ranas.
La tercera
no recuerdo la hora.
El deseo lleva por caminos
en que no existe el tiempo.
Sólo se
que al volver por las calle vacías,
mientras la ciudad dormía,
lloré
como San Pedro.