
Samaritana dame el agua
que a mi resecos labios
otra muchacha niega.
Que la sed no distingue
aquello que la calma,
no pregunta curiosa
ni el manantial ni el pozo
donde se llenó el vaso.
He perdido la cuenta
de los día que llevo
perdido en el desierto
bajo un sol de justicia.
Agrietada la piel,
requemada el alma,
la mirada turbia
en un horizonte
lejano y borroso.
Samaritana tienes
en tu boca la vida,
yo ya no espero
llegar a ningún sitio,
mátame ahora
o llévame contigo
allí donde la noche
esconde tus caricias.
Me abandonó a mi suerte
aquella que en las risas
decía que me amaba
y ahora tú, mi enemiga,
muchacha de otro pueblo,
paras a darme agua.
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