
Imaginamos un amor de cuento,
aprendido en la engañosa escuela
de tus novelas rosas
y mis lecturas
de los versos más tristes de Neruda.
Nos creímos distintos,
guardianes de un secreto milenario
perdido en la memoria
de los ríos y los pájaros,
sacerdotes del rito
de los besos y caricias
que se dan a escondidas en los parques,
oficiantes de la ceremonia única
de la entrega absoluta de los cuerpos.
Pensamos que sería para siempre
el burlarnos del sol que nos vigila,
que nunca llegaría la mañana
en que la vida,
tramposa, por capricho y sin motivo
nos pasaría al cobro las facturas
de todos nuestros actos.
Y al final
fuimos igual que todos.
Tú dejaste de ser gaviota
cuando el miedo apareció
y lastró tus alas.
Cogiste, resignada,
las cadenas,
te encerraste en la cárcel de las cosas
y la llave se perdió con la marea.
Yo acabé en los bares de mal vino
bebiéndome los sueños con ginebra
y borracho de ausencia y desengaño
me propuse olvidarte en cuatro días.
Empezaron entonces los reproches,
la rutina continua del agravio
y en la guerra del frío,
sin batallas,
una tarde
dejamos de besarnos.
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